400 años de tonterías sobre Don Quijote

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Don Quijote es uno de esos libros cuya influencia es tan amplia que es casi omnipresente, como La Odisea, o la Biblia. Y como la Biblia o la epopeya de Homero, se habla más a menudo de él que se lee. 

Sin embargo, lo que distingue a la novela de Cervantes de estas obras es el hecho de que es un asunto decididamente bajo. Se va al traste: Sus personajes se caen de los caballos, se emborrachan en las tabernas, y tratan de aguantar sus pedos – en Don Quijote, los asuntos sagrados suelen limitarse a los delirios de su héroe. 

Su famosa frase inicial nos informa de que “en algún lugar de La Mancha, en un lugar cuyo nombre no me importa recordar, vivió no hace mucho un caballero, uno de los que tiene una lanza y un escudo antiguo en un estante y guarda un jamelgo flaco y un galgo para las carreras” – claramente, estamos muy lejos de Ítaca o Belén.

Y sin embargo la novela es un pilar del canon. Como el traductor y erudito literario Ilan Stavans nos dice en su nuevo libro, El Quijote: La novela y el mundo (W.W. Norton, 2015), sólo la Biblia ha sido traducida al inglés más a menudo. 

Hay siete ballets basados en ella, un asteroide con su nombre y un videojuego inspirado en ella. 

Este año marca el 400 aniversario de la publicación de la Segunda Parte de Don Quijote -o, como Stavans lo llama decididamente, El Quijote- y es una ocasión adecuada para examinar por qué esta extraña, monótona, divertida, cruel y extrañamente conmovedora novela ha provocado tantas reacciones dispares a lo largo de los siglos. 

Stavans, que afirma haber pasado toda su vida adulta queriendo ser Don Quijote, demuestra ser un guía afable empapado de Quijotalia. 

Su biblioteca, nos dice, además de estar llena de loncheras inspiradas en el Quijote, figuras de acción, sellos postales y anuncios, está repleta de traducciones de la novela en yiddish, coreano, quechua e incluso klingon.

La primera mitad del Quijote de Stavans ayuda a digerir gran parte del contexto del mundo de Cervantes -la España de la Edad de Oro, con su menguante imperio y sus torpes y paranoicos monarcas- y explora la enigmática vida del autor de Don Quijote. 

Stavans pregunta, un poco verbalmente, hasta qué punto es “exacto visualizar a Cervantes a través de un prisma caucásico”. (Una forma más directa de decirlo podría haber sido: “¿Es cierto que Cervantes era simplemente blanco?”) 

Se ha especulado durante mucho tiempo que Cervantes pudo haber sido en parte judío, mientras que su decisión de enmarcar a Don Quijote como una traducción del árabe -el “primer autor” del libro es el historiador árabe de ficción Cide Hemete Benengeli- es sugerente de lo que Stavans llama un “intenso interés por las cosas musulmanas”. 

Es más, España a finales del siglo XVI era algo así como un crisol de etnias y culturas, y los viajes de Cervantes en Italia, sus frecuentes roces con la ley y los cinco años que pasó como esclavo de los piratas turcos en Argelia, le dan un brillo renegado a su estatus dentro del Imperio Español Católico.

El problema con Don Quijote es que nadie está de acuerdo en cuál es la verdadera causa de la famosa búsqueda del caballero imaginario. No hay ningún acuerdo sobre lo que impulsa su locura, o si está o no loco. 

Y como suele ocurrir, la novela parece anticiparse a las respuestas de sus lectores; como le dice un personaje a otro, después de pasar un tiempo en compañía de Don Quijote: “No todos los médicos y notarios del mundo podrían hacer un recuento final de su locura; es un loco de combinación que tiene muchos intervalos lúcidos.”

No hay que leer mucho en la literatura de Don Quijote para saber que se ha escrito una asombrosa cantidad de tonterías sin sentido sobre ello, y a menudo por escritores con criterio. 

William Hazlitt, por ejemplo, escribió que “el espíritu que respira el libro, para aquellos que lo disfrutan y entienden, es sin duda el espíritu de la caballerosidad”, mientras que el literato español Miguel de Unamuno gastó una cantidad desmesurada de escritos tratando de salvar a Don Quijote de su creador. 

Es instructivo (y un poco irónico) observar cómo tantos lectores de esta gran novela se ven abocados a una especie de locura de mala lectura.  

No conocemos ningún libro que anule tan consistente y sutilmente el deseo del lector por la integridad y la certeza como lo hace la novela de Cervantes, y Stavans, en su haber, tiene razón al decir que si Shakespeare es el inventor de lo humano (en frase de Harold Bloom) entonces Cervantes es “el descubridor de la duda”. 

Don Quijote es una novela que se protege de la interpretación en una fortaleza de paradoja y ambigüedad, como su héroe. 

Estimulado por un acto de mala lectura, El caballero de Cervantes se convierte gradualmente en el tema de una historia de lectura y mala lectura, cuyo viaje por España deja a todos los que encuentra desconcertados por su “discurso mixto […] a veces inteligente, y a veces completamente tonto”. 

Tal vez Cervantes habría apreciado la ironía de que su gran novela sufriera el mismo destino.